Los Funerarios También Lloran (1)

NOTA: Aquí les presento el primer cuento de mi libro “Los Funerarios También Lloran” el cual ha despertado un genuino interés entre varias casas editoras. Es jocoso pero a la vez representa la realidad de nuestra profesión. Todas las historias están basadas en mis 35 años de experiencia en el campo funerario, pero los personajes son ficticios para proteger la identidad de los verdaderos, que en muchos casos, ya han desparecido. 

El Explotado

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 De la mísma forma como esprimen la caña para luego convertirlo en bagazo  y botarlo, así de fácil los patronos les sacan el jugo a sus empleados hasta que no les queda nada más por sacar.  No importa que el tipo haya dejado el cuero “pegao” en la compañía; cuando no sirva para nada más, se bota …

 

  • ¡Ea Diablos, ahora éste caso no quiere drenar pa’ acabarme de joder! Hoy saldré de aquí a las tantas de la noche y después estos macetas no quieren pagar las horas extras, así decía Gregorio mientras aplicaba un masaje intenso a aquél cuerpo inmóvil para que el químico preservativo se distribuyera con mayor facilidad através del sistema circulatorio. La sangre manaba lentamente por el tubo de drenaje colocado en la vena yugular derecha lo cual era señal inequívoca que debido a serias complicaciones escleróticas iba a ser necesario levantar otros puntos de inyección para preservar correctamente el cadáver.

 

  • Olvídate de eso mijo. Si no quieres drenar allá tú y si te pudres por no cooperar es tu problema. Yo tengo un hambre salvaje y un dolor de cabeza del carajo. Me voy pa’ casa temprano.

 

Gregorio decía esto mientras aumentaba la presión de su máquina de embalsamar y aplicaba jabón a las extremidades del muerto para facilitar la labor de masaje. Luego de varios intentos infructuosos el cadáver seguía resistiéndose a asimilar el líquido de embalsamar. Percatándose de la situación, Gregorio sacó de su armario una aguja hipodérmica y comenzó a inyectar los brazos y las piernas de aquél cadáver testarudo. Sus 28 años de experiencia le permitían introducir la filosa punta en los lugares estratégicos aprendidos a lo largo de su carrera como embellecedor de muertos. Mientras la pierna izquierda se hinchaba con el líquido, Gregorio miraba una y otra vez el reloj de pared que exhibía el logo de la cerveza Sheafer, obsequio de su cuñado.

 

  • Esa mierda de reloj simpre está atrasao’. Hoy tiene 15 minutos de menos. Son las 9:30 de la noche. No las “y quince”. Aquí en ésta funeraria ya no sirve ni el reloj. Estos macetas quieren todo para allá y nada para acá. Siempre ha sido así: mientras el funerario se hace rico el embalsamador que se joda …

 

Gregorio le había brindado a esta compañía casi 30 años de servicio y aunque laboraba para una de las empresas de mayor prestigio en el país, su sueldo apenas alcanzaba los $1,500 al mes. ¿Cuán largas noches había pasado Gregorio en aquél frío cuarto de embalsamar haciendo ricos a otros y muchas veces ni siquiera le felicitaban por su trabajo? Eso sí; cuando fallaba un caso el “Memo” no se hacía esperar y de inmediáto era llamado a la oficina para recibir la típica “cogida de cuello”. Gregorio pensaba en la gran cantidad de cadáveres que habían pasado por aquella mesa y aunque estaba “curao” de espantos, siempre llegaba a su mente el vago pensamiento de que algún día él también desfilaría por la mísma.

 

Mientras inyectaba los brazos los vapores irritantes del formaldehído penetraban las fosas de su perfilada nariz y a su paso dejaban los típicos estragos en la membrana mucosa y en sus pulmones; Gregorio estaba “curao”. Ya ni siquiera el formaldehído lo hacía llorar. Su corazón se había endurecido de tal forma que para él los muertos eran sencillamente su fuente de sustento y nada más. Al principio los bebés le afectaban emocionalmente porque les recordaban a sus hijos y hasta salió llorando con los familiares en los primeros entierros que hizo. Ahora todo era distinto. Todo esto se había convertido en un trabajo que alguién tenía que hacer. Sus ojos habían olvidado la humedad característica de una lágrima y aunque parezca morboso, ahora Gregorio disfrutaba ver a la gente llorar. Para él muchos eran una partida de hipócritas llorando frente a la tumba y que apenas terminado el entierro se íban a disputar lo que el muerto había dejado en vida. A veces veía a las viudas llorando descónsoladamente la muerte de su marido y no podía evitar decir en su mente “Tanto llanto y de seguro ya tiene un chillo que la administra”. El contínuo contacto con el sufrimiento humano endurece el corazón de los humanos y Gregorio no era la exepción.

El timbre del teléfono del cuarto de embalsamar sonaba insistentemente sacando a Gregorio de sus pensamientos …

 

  • Haló … Sí, ya casi está listo jefe … es que no quería drenar bien y tuve que abrir los 6 puntos, usted sabe …

Su jefe, que estaba al otro lado del teléfono, conocía muy bien a su viejo embalsamador y sabía lo vago que era. De solamente pensar en que Gregorio tan siquiera había mencionado los “6 puntos” le hacía reir … “con lo vago que es, hace como 15 años que no levanta otra arteria que no sea la carótida derecha” así pensaba su jefe mientras le decía:

 

  • Avanza Goyo que ese caso tiene que estar en capilla a las 10:30. Los familiares pidieron que lo peines con brillantina Halka. La dejaron en la recepción. Pídesela a Mayra. Ella sabe en donde está.
  • ¡No hay problema jefe!

 

Despidiéndose así, enganchó el teléfono diciendo:

 

– Que fácil es prometer horas desde un escritorio. Para el que no sabe, esto es como “cogerselo a la perra” Que carajos sabe el jefe de embalsamar. Lo único que sabe hacer es mandar y no pagar las horas extras. Si le hubiese tomado los consejos a mi vieja habría sido dueño de una funeraria en vez de estar bregando con tanta mierda.

 

Media hora después …

 

  • Jefe, ya terminé el caso y lo embarré en brillantina como pidió la familia. Se vé feo con cojones, pero allá ellos. ¿Para cuál capilla vá? … muy bien. Mande a uno de los muchachos para que me ayude a echarlo en el ataúd y llevarlo a la capilla.

 

Luego de ponerlo en capilla ardiente, Gregorio se dirigió nuevamente al cuarto de embalsamar para guardar su equipo y limpiar un poco el reguero de sangre que había caído al piso. En su mente se decía así mísmo: “Yo lo siento en el alma, pero yo estoy bien cansao’. Voy a darle un chipi-chape al cuarto y me voy pa’ casa. Si me quedo aquí más tiempo enseguida aparecerá un favor para hacer. Yo conozco a éstos tipos. Siempre se pasan de listos”.

RING, RING, RING, insistía nuevamente el teléfono secuestrando a Gregorio de su monólogo …

 

  • ¿Y ahora qué diablos pasará? Haló … contestó Gregorio mientras se quitaba la bata de embalsamar chispoteada de sangre. ¿Qué? Que tiene los dientes afuera, pero si yo no soy dentista jefe. El tenía los dientes así. Yo no tengo que ver nada con eso …
  • Métele un embuste de esos que tu sabes para que se estén tranquilos. Ya sabes, a lo mejor están buscando una excusa para pedir rebajas. Vete a la capilla y diles un término científico de esos tuyos para que no chaven más.

 

Gregorio colgó el teléfono mientras decía en voz alta: “Todavía es que me amanezco aquí. Los familiares joden más que el muerto mísmo …”

 

Ya en capilla Gregorio trataba de convencer a los familiares de que lo de los dientes no era su culpa:

 

-Mire señora, yo no le saqué los dientes pa’ fuera a su esposo. El los trajo así de fábrica y a menos que le pegue los labios con “crazy glue”, la boca no se podrá cerrar por completo. Imagínese lo lindo que se verá con el hocico parao’. Mejor se vé así. Al natural. Esto es un típico caso de “Dentum Afuerum” y yo hice lo mejor que pude. En mis 30 años de experiencia he visto mucho de éstos casos.

 

La viuda se comió lo del “Dentum Afuerum” y le pidió disculpas a Gregorio por su ignorancia. Gregorio le contestó que no había problemas y que estaba para servirle. Muchas situaciones similares habían ocurrido a lo largo de su carrera y todas las había enfrentado con suerte. Como es usual, al momento de ocurrir los hechos resultaban un tanto embarazosos, pero tiempo después se convertían en otro chiste profesional de su extenso repertorio el cual contaba con animosidad en las reuniones de embalsamadores cuando le llegaba su oportunidad.

 

  • Ahora sí que me voy pa’ casa y no hay quien me aguante. Es más; me voy por la puerta de atrás para que al jefe no se le ocurra pedirme que haga la pizarra.

 

Así concluía un día más en la vida de Gregorio Fontánez mientras éste contaba el tiempo con ansiedad para que llegara su día libre. Son muchos los “Gregorios” que llegan a trabajar día a día a funerarias de prestigio por sueldos de hambre, cuartos de embalsamar mal planificados, líquidos de embalsamar baratos, falta de reconocimiento, horarios extensos sin horas extras y muchas cosas más que el público en general ignora. Los patronos y los cadáveres son distintos pero las situaciones son similares

 

Gregorio se dirigía a su hogar en su vieja guagua “pick-up” soñando con darse una “fría” en el bar de la esquina y hacer unos cuantos chistes para entonces llegar a su casa cansado, viejo, explotado y sin esperanzas de un mejor porvenir …

 

Derechos Reservados: Carlos J. Guzmán, 2016

 

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